
Durante el funeral, uno de los hombres saltó repentinamente sobre el ataúd con un micrófono en la mano y comenzó a cantar y bailar: todos los presentes quedaron atónitos por su extraño comportamiento, hasta que descubrieron el motivo 😱😲
Un hombre de cuarenta años estaba siendo enterrado; la enfermedad se lo había llevado demasiado pronto. En el cementerio, todos se habían reunido: familiares, amigos, vecinos y compañeros de trabajo.
La gente permanecía en silencio. Algunos sollozaban en silencio, otros simplemente miraban al suelo, incrédulos ante lo que estaba sucediendo. El ataúd ya estaba colocado junto a la tumba abierta, y algunos hombres se disponían a bajarlo cuando ocurrió algo completamente inesperado.
Uno de los asistentes, que había permanecido algo apartado todo el tiempo, se acercó. En sus manos sostenía un objeto extraño; más tarde todos se dieron cuenta de que era un micrófono.
Sin decir palabra, el hombre saltó repentinamente sobre la tapa del ataúd, y en ese preciso instante una alegre y rítmica canción comenzó a sonar por los altavoces. Comenzó a cantar y bailar, de pie sobre el ataúd, sonriendo como si estuviera en una fiesta en lugar de un funeral.
La gente se quedó paralizada por la conmoción. Las mujeres se taparon la boca con las manos, algunas se santiguaron, otras gritaban:
—¡Esto es una falta de respeto al difunto!
—¡¿Se ha vuelto loco?!
La música subió de volumen y el hombre siguió cantando, ignorando los gritos y las miradas de enfado. El ambiente de duelo se transformó en confusión e indignación.
Cuando finalmente terminó la canción y bajó de un salto, varios familiares del difunto corrieron hacia él, exigiendo una explicación y amenazando con llamar a la policía. Entonces el hombre les contó la verdad, y de repente todos comprendieron el motivo de su extraño comportamiento 😱😲 Continúa en el primer comentario 👇👇
Respirando con dificultad, el hombre bajó el micrófono y dijo en voz baja:
—Éramos mejores amigos… Hace mucho tiempo, hicimos una promesa: quien se fuera primero, el otro debía ir al funeral, subirse al ataúd, cantar y bailar. Nos reíamos de eso entonces, pensando que ese día estaba muy lejos. Pero le di mi palabra… y no pude faltar a ella.
Tras esas palabras, nadie dijo nada. El silencio llenó el aire, y algunos comenzaron a llorar. La alegre canción, que momentos antes había parecido ofensiva, se convirtió de repente en la última muestra de amistad y lealtad: una promesa cumplida, hecha en vida y honrada incluso después de la muerte.



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